dimarts, 17 de gener del 2012

La última poesía triste


Releo viejos escritos

intrascendentes,

de cuando éramos

dos,

cuando éramos

diferentes.

Y no encuentro

el motivo

para sentir,

de nuevo,

este vacío

al verte.

Hoy todo funciona

al revés,

incluso escribo

lo que no siento,

lo que no ves,

pero estoy en caída

libre,

de mi cabeza

a mis pies,

de mis neuronas

a mi lívido,

todo decrece

en espiral,

sólo porque ya no llamas

al dormir,

únicamente porque ya,

por última vez,

no te oigo a ti.

Pero ya no freno,

me dejo llevar,

sin aviso previo,

no sé en que cama

voy a terminar.

Morir en unas sábanas

cualquiera,

siempre ajenas

aunque sean las mías,

ya no justifica mi dolor,

porque ya no siento,

porque, en este mismo instante,

quien ha muerto,

soy yo.

Incompleta

Veo tu cara estremecida
por todas
y cada una
de las caídas
que sufriste
por estar a mi lado.
Hoy cambio de papel,
no supe tener cuidado,
no pude contener
ese caudal desbordado
que de mis venas
brotaba,
un día tras otro,
girado boca abajo.
Y vomitaba
entre ventanas conocidas,
hoy tan extrañas,
que dudo si fueron
propias
todas esas frases
bonitas
que te escribía
en tus mensajes
de aniversario
(hoy son sólo letras
para nuestro
obituario).
Son treinta y tres días más
y ocho años
de existencia
vivida a medio gas,
porque la mitad de mí
desapareció
en ese almacén
de alcohol
y drogas consumidas,
en esa noche
repetida
hasta la saciedad
en mi interior.
Ocho años echándote de menos,
creyendo encontrarte
en cada cuerpo
que mis dedos
rozaron por error,
rabia o pena
(propia o ajena).
Pronto serán nueve,
los años desde tu huída,
y mientras oigo como llueve,
digo que hoy es la definitiva,
que este dolor ya no duele
y que ya no está,
mi vida,
tan vacía.
A Sara Cabrera, en el 8º aniversario de su muerte. (akin)