Releo viejos escritos
intrascendentes,
de cuando éramos
dos,
cuando éramos
diferentes.
Y no encuentro
el motivo
para sentir,
de nuevo,
este vacío
al verte.
Hoy todo funciona
al revés,
incluso escribo
lo que no siento,
lo que no ves,
pero estoy en caída
libre,
de mi cabeza
a mis pies,
de mis neuronas
a mi lívido,
todo decrece
en espiral,
sólo porque ya no llamas
al dormir,
únicamente porque ya,
por última vez,
no te oigo a ti.
Pero ya no freno,
me dejo llevar,
sin aviso previo,
no sé en que cama
voy a terminar.
Morir en unas sábanas
cualquiera,
siempre ajenas
aunque sean las mías,
ya no justifica mi dolor,
porque ya no siento,
porque, en este mismo instante,
quien ha muerto,
soy yo.