diumenge, 25 d’agost del 2013

Ésta es mi poesía

Me emociona sentir la niebla,
consigue definir
los límites de mi piel.
Sin tocarme con abruptas manos,
me siento abrazado,
tranquilo,
como un bebé abandonado
en mitad de la 4ª Avenida,
ajeno, ensimismado
y frágil.
Ésta es mi poesía,
el sentimiento hecho palabra,
la emoción escrita,
pedazos inconexos de corazón,
piezas desordenadas de un rompecabezas
sin sentido ni razón.
En todo este tiempo sólo tuve la certeza
de que la poesía no puede enjaularse
en una cárcel de rima científica,
de sentimiento
matemático.
Ésta es mi poesía,
hecha para expresar
mis sentimientos desbordantes
o mis soledades más vacías.
Ésta es mi poesía,
mi interior moldeado en palabras
para justificar
mi ausencia
de vida.

Jugar al escondite con uno mismo



Me gusta
cuando huyo de la gente,
me escondo
sólo para encontrarme
a mí.

Buceo por heridas
que no cicatrizan
a pesar de los años.
Araño todas las penas
que no olvidan
que, cuantos más sueños
rotos guardan tus venas,
más sentimientos brotan
en cada bocanada de aire
ya respirado,
consumido por horas
hambriento de calor,
por escenas
repetidas hasta la saciedad.

De venganzas
no admitidas,
de tanta falsa moralidad
que los recuerdos
pasan a ser ventanas
por donde saltar
al vacío del tiempo
ya vivido,
del último error cometido

Quería que fueras poesía


Quería que fueras poesía,
quería rimar tu boca
con la mía.

Anhelaba que tus dedos
fueran versos
al narrar
mi cuerpo entero.

Que las vocales
fueran gemidos
y las pausas
fueran señales
de deseos no reprimidos.

Intentaba convertirte en libro
y que tu piel
fuera la portada,
que tu sonrisa
fuera mi pluma fiel,
mi constante aliada,
para contar nuestra historia
de escaleras
hacia la nada,
de besos escondidos
en rincones de Madrid.

De mi hada
y de tu magia,
de palabras
escritas en cristales,
de puertas
y ventanales.

Quería que fueras poesía
y ahora estás aquí
y eres mía.

Quería fundir en ti mi vida




Yo sólo quería
fundir en ti
mi vida.

Yo sólo quería
convertirte
en poesía.
Y ahora congelo
cada instante
sabiendo de antemano
que son los últimos.
Y ahora recelo
en cada gesto distante,
en cada paseo suburbano
en los colores primeros
de las mañanas
a solas.

Miedo

Miedo.
Miedo de que pasen
los días
y, como las olas del mar
se deshacen
al contacto con mis piernas,
tu deseo se desvanezca.

Miedo.
Miedo de no volver a escribir
en cristales empañados,
de no poder sentir
todos tus huesos.

De no seguir tu espalda
con mis manos.
De no sonreír
sólo por estar

                               A

                                                         

                                                               Lado.
Miedo.

                Miedo.

                               Miedo
de perder el control
porque fueran las circunstancias
y no el corazón.
De que todas
las fotografías
del jardín
queden expuestas

                                               A contraluz.
Miedo.
Terror.
De que mi magia
ya no te haga efecto
y el dolor
se apodere
de todos y cada gesto.
Que mi vehemencia
quede como único
defecto
y mi decadencia
como mi estilo
de vida
perfecto.

Miedo
de mí sin ti.

Miedo
de mí sin reír.
Miedo
de que mi corazón,
tan, tan rojo,
se torne
negro como el carbón
y pase a ser insomne,
porque Oniria
no volvió a mi ventanal,
al descubrir,
que nunca fue real,
que el sueño acabó
porque la realidad
pesó más.